Imagina que llevas semanas con dolor de espalda. Has ido posponiendo concertar la cita con tu médico, porque intuías que en cualquier momento, podría desaparecer esa molestia. Sin embargo ya no lo soportas más. ¿Vas al medico porque te duele mucho o para que te deje de doler?

Aunque a simple vista pueda parecer imperceptible, existe una importante diferencia entre el uso del ¿Por qué? y el ¿Para qué?. En las frases utilizadas de ejemplo; tú no vas al médico porque te duele la espalda. Vas al médico para que te deje de doler. Él por qué siempre tiende a atraparse en el problema y en el pasado. En cambio el para qué se enfoca en el futuro y en las posibles soluciones.

No quiero decir con esto que destierres el por qué de tus dudas, si no que lo trates con sumo cuidado. Cuando seas consciente de que lo estás cuestionando, puedes probar a sustituirlo por el para qué y comprobar de inmediato, cómo cambia tu perspectiva.

Emplearé otro ejemplo. Imagina que olvidas antes de salir de casa, coger las llaves. Cuando regresas a tu hogar te percatas de lo ocurrido. Decides contactar con un cerrajero no porque te hayas olvidado las llaves dentro, si no para volver a entrar.

El problema es lo primero que se plantea y lo último que se va. Regocijarse en el por qué, no ayuda a salir de él. Cambiar la perspectiva hacia las soluciones o infinitas posibilidades, derrumbará tus muros, permitiéndote resolver mejor.

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