Perdóname. No quería hacer lo que hice. Asumo mi responsabilidad. Siento que sólo encontraré mi alivio en tu perdón inmediato. Sé que no querrás, pero me gustaría que olvidases mi desafortunada conducta y podamos seguir dónde lo dejamos. Lo siento. Y lo que más me pesa de todo, es haberme permitido hacerte daño. El no haberme percatado de las consecuencias que pueden tener nuestros actos. ¿Me perdonas?

Me reclamas algo que aún no tengo preparado. Reconozco que pedir perdón no es nada fácil y te agradezco la entonación. Cuando llegue el momento te lo comunicaré. Necesito tiempo para asimilar todo esto. Y puede que te perdone algún día, sin embargo olvidarlo, no me pidas eso. Es bueno recordar quién puede hacerte daño, aunque sea sin querer, por mera supervivencia. Así que, gracias por tu valor o declaración de necesidades, pero no puedo perdonarte.

¿Qué nos cuesta más, perdonar o pedir perdón?, ¿Aceptar ese perdón sin rencor o reconocer nuestro error y sentir la necesidad de absolución?

El perdón no cuesta nada. Es gratis, las palabras de momento no nos las cobran. Pedir perdón o aceptar el perdón atrae el sosiego. Es cierto que no siempre recibiremos lo que pedimos, pero gran parte del peso, ya lo habremos soltado con sólo entonar su nombre. La otra parte de la carga ya no depende de nosotros. Es decisión del receptor si quiere nuestro perdón, o no. ¿Entonces, por qué la seguimos cargando?.

Cuando somos capaces de aceptar el perdón, este se convierte en nuestro bálsamo superior. Encontramos la paz instantánea porque perdonar también desahoga, confiándonos el mejor de los aprendizajes. Perdonar sana porque cierra heridas. Y las cicatrices se convierten en valiosas enseñanzas.

El perdón no es lo que cuesta, si no para lo que nos vale.

¿Tienes algún perdón pendiente?

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