Hablar bien cuesta menos de lo que vale. No valoramos el poder que tiene el discurso. Nuestra manera de comunicar. Escupimos las palabras sin escucha consciente, pese a que se arraiguen en el inconsciente. Las lanzamos al aire a modo de desahogo sin calibrar su efecto rebote.

Hablar bien no sólo se refiere a no emplear palabras malsonantes o violentas. O a moderar el volumen para no pecar de estridente. Consiste también en comunicar siendo más conscientes del significado de esas palabras. Hablamos para conseguir algo y hasta cuándo no, cuándo es por hablar, también hay respuesta. Las palabras traen consecuencias así que habrá que elegirlas bien.

Hay veces que el discurso puede cambiar por completo la perspectiva que tenemos. El amplio surtido de palabras que componen nuestra lengua nos facilita la precisión cuando queremos transmitir algo. Como amplio es el surtido, diversos son sus significados y contables sus matices e interpretaciones. Y quizás sea esa nuestra dificultad, que entre tanta variedad nos aturullamos un poco.

El poder de la comunicación es obvio, sus efectos en cambio serán proporcionales a lo efectiva que esta lo sea. Tanto cuando hablamos con nosotros mismos, como cuando conversamos con los demás, el significado de esas palabras serán responsables de lo que obtengamos después.

Solemos sorprendernos de la pronta susceptibilidad de algunos frente a ciertos comentarios. Cuando esto sucede, en vez de disculparnos por nuestra fallida comunicación, nos aferramos al argumento de que nuestra intención no era herir, si no mostrar nuestra perspectiva. Qué eso está muy bien, sin embargo lo que también está muy bien es resolver los imprevistos y rectificar pese a nuestras bondadosas intenciones iniciales. Sabemos comunicar y sabemos cómo hacerlo para recibir lo que queremos.

Entonces, ¿por qué no lo hacemos?

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