Los miedos no dan miedo.

Mis miedos no dan miedo.
Tan sólo se quedan allí quietos
y me miran pasivos.
Son inofensivos.

La peligrosa soy yo
cuando los tengo.

Pero soy yo
cuando los tengo.

(Júlia Peró)

«Mis miedos no dan miedo». Esta frase no ha parado de resonar en mi interior, desde que la leí por última vez, en «Anatomía de un bañera», de Júlia Peró. Y la he estado reflexionando mucho, desde entonces. Porque si los miedos no dan miedo,

¿Qué es lo que nos da miedo, en realidad?

Cuando conseguimos aislar al miedo de nosotros, o estudiarlo por separado, ese miedo, pierde poder, incluso me atrevería a decir, que casi todo su valor, como miedo. Cobra otro significado, cuando lo apartamos de nosotros. Dicho de otra forma, somos nosotros quiénes nos volvemos peligrosos, cuando lo alimentamos o nos reconocemos con él. Sin embargo, el mismo miedo, a solas y sin nosotros como testigo, no da miedo.

Por ejemplo, imagina que uno de tus mayores temores, es el de hablar en público o frente a un auditorio.

¿Ese público o ese auditorio es el peligroso?

¿O lo vuelves peligroso tú, con lo que piensas en relación a lo que pueda pasar?

El público por sí mismo, no es lo que te da miedo. Te da miedo, lo que pueda pasar si no das la talla, o si tu mente, de repente, te abandona y te quedas en blanco. Es decir, no te da miedo, tu miedo. Eres tú quién tiene miedo, pero no de tus miedos, si no de ti. Porque temes no poder hacerte cargo, o no poder manejarlo. Por tanto, proyectas tu miedo en el hecho en sí, aunque no es al hecho al que temes, es a ti.

No temes a una situación en particular, temes al miedo, a ti con miedo. Porque esta emoción primaria te hace sentir muchas cosas. Primero las sensaciones en tu cuerpo, como pulsaciones aceleradas, sudores fríos, falta de aire, ansiedad. Todas estas sensaciones, desembocan más tarde, en pensamientos apresurados relacionados con tu supervivencia. ¡Te estás protegiendo!. Para finalmente, movilizar tu energía, hacia una acción concreta. Atacar al miedo, o huir de él.

Asimismo, también hay que decir, que muchas veces, podemos confundir al miedo, con otro tipo de emociones. La manera que tiene de expresarse tu cuerpo, te puede hacer creer que sientes miedo, cuando en realidad, lo que estás sintiendo es otra cosa. Me explico, cuando estamos emocionados por algo, las sensaciones de tu cuerpo, son muy similares a lo que se manifiesta, cuando sientes temor. Tu corazón también se acelera, cambiando tu respiración, sudas y te puedes incluso, sentir ansioso. Pero eso no quiere decir que sientas miedo, si no emoción por lo que está por venir.

Acercaos al abismo, les dijo.
Tenemos miedo, respondieron.
Acercaos al abismo, les dijo.
Se acercaron.
Él los empujó y salieron volando.

(Gustave Apollinaire)

Sin embargo, independientemente de si lo que estás sintiendo es miedo, o tan sólo emoción. Eso te pone frente a ti. Porque tú eres, también con miedo y sin él. Contactas contigo a través del miedo. Estás sintiendo, sintiéndote, estás viviendo, «vivíendote».

Por tanto, el miedo te hace sentirte vivo. Y es que el valiente, no es el que no siente miedo, si no el que saca su coraje para enfrentarlo, y lo hace con miedo. El no sentir miedo no es valentía, si no inconsciencia. La toma de consciencia, consiste en reconocer que aún con miedo, puedes hacer pequeño a tu miedo. Porque tu miedo también te tiene miedo, tu confianza le hace pequeño, le aterra, ya que cuando la vistes, se desviste tu miedo.

El miedo llamó a la puerta. La confianza abrió, y al otro lado, ya no había nadie.

Tus miedos no dan miedo.
Tan sólo se quedan allí quietos
y te miran pasivos.
Son inofensivos.

El peligroso eres tú
cuando los tienes.

Pero eres tú,
cuando los tienes.

Siente el miedo. Vuélvete peligroso para el miedo. Este enseguida se achica, cuando te vistes de confianza. Porque lo que más le asusta a tu miedo, eres tú, sin miedo.

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