No hay Vergüenza sino existe la mirada del otro. Junto con su mirada, aparece tu interpretación a cerca de lo que pueda estar pensando. Y a pesar de que este hecho sea desconocido para ti, le pones nombre, otorgándole valor, mientras te desvalorizas, al mismo tiempo. 

«Si queréis saber por qué no he dicho nada, bastará con averiguar lo que me ha forzado a callar. Las circunstancias que rodean al hecho y las reacciones de mi entorno, son coautoras de mi silencio. Si os digo lo que me ha ocurrido, no me creeréis, os echaréis a reír, os pondréis de parte del agresor, me preguntaréis preguntas obscenas o, peor aún, os apiadaréis de mí. Sea cual sea vuestra reacción, bastará con hablar para sentirme mal con vuestra mirada. 
De modo que callaré para protegerme, descubriré únicamente la parte de mi historia que sois capaces de soportar. La otra parte, la tenebrosa, seguirá viviendo en silencio en los sótanos de mi personalidad. Esta historia sin palabras dominará nuestra relación, porque en mi fuero interno, ya me he relatado, interminablemente, palabras no compartidas, narraciones silenciosas.»

(Extracto del libro «Morirse de Vergüenza», de Boris Cyrulnik)

Son pocos los sinvergüenzas, y muchos más los avergonzados. Porque si revisas tu historia, es muy probable, que enseguida coincidas con alguna experiencia concreta, en la que sentiste vergüenza. Si te desplazas hacia ella, seguro que además de tu propia presencia, no estabas solo, sino que  había alguien más en ese entorno, que propició que reforzaras esa emoción. No porque hiciera, o dijera nada, tan sólo con su mirada, fue suficiente para sentirte avergonzado. Y es que no hay Vergüenza sino existe la mirada del otro.

El primer contacto con la vergüenza, se produce durante la infancia. El niño cuando se siente avergonzado se tapa los ojos, para no ver y para que así, no le vean. Si mamá está cerca, preferirá esconderse detrás de su falda, con la misma intención, para no ser visto y no percibir esa mirada, o miradas, que consiguen intimidarle. 

En casa, a solas, puedes caerte, resbalarse, o darte un tortazo con la puerta del armario de la cocina, y no pasa nada. Incluso puede que te entre la risa, o quizás seas de los que se enfadan, o las dos cosas, primero maldices tu torpeza y después te ríes. No creo que te tapes los ojos, como el niño, o que disimules, para que no te vea alguien, ya que estás solo. En cambio si esto te sucediera en un espacio rodeado de gente, en la calle por ejemplo, o en la cola del supermercado, es muy posible que sientas cierta vergüenza, aunque en esta ocasión, probablemente sí que disimules y mires a tu alrededor, para contabilizar toda esa gente que te estaba observando, mientras  hacías el ridículo.

Lo curioso de la vergüenza es que vuelve mudo al avergonzado porque la sufre en silencio. Son muchas las emociones que sueles compartir con los demás. Emociones como el enfado, la rabia, el placer, la culpa, la tristeza, la alegría, la decepción, la frustración, pero de la vergüenza, nunca se habla. Y ese no compartir, hace que se resienta la herida del avergonzado. Porque le escuece cuando lo cuenta. Y aunque calle, su interior no cesa de hablar. Cuando alguien que ha sido herido sufre, simplemente aprieta los dientes, pero no comparte su dolor. Se lo queda para si, aunque le desgarre por dentro. Y es probable que quiera hablar, para poder compartir su historia inconfesable, pero no puede, porque teme la mirada del otro.

La vergüenza es como el veneno, que cuando entra en un cuerpo, lo deja sin respiración, lo paraliza, mientras lo intoxica con su sustancia nociva. Aunque ese sentimiento, nace de la propia representación del avergonzado, de su teatro íntimo, de lo que interpreta de la mirada del otro. Y de esa representación, es tanto autor, como actor de la obra. Y como autor, también puede reescribir la historia.

El avergonzado no tiene fuerzas para enfrentarse a su dominador. Se siente inferior a él. Y al rebajarse ante él, construye un sentimiento moral tipo: «el otro vale más que yo». Esta es su herida, su desvalorización, basada en la representación que diseña, cuando confronta con la mirada del otro. Porque no hay Vergüenza sino existe la mirada del otro. 

Otro dato interesante, es que los avergonzados suelen estudiar al agresor, para ponerse al servicio de aquellos, que como él, también se han sentido agredidos. Porque cuando se trata de defender a otros, el avergonzado, sí que se siente capaz de enfrentarse al dominador. Ya que está defensa, a través del ataque, le permite demostrarse que no es tan despreciable como cree. Ayudar a otro en su misma situación, comprenderle, e identificarse con él, le alienta, a desafiar a su agresor, mientras desautoriza su dominación, para permitirse volver a evaluar esa idea tan miserable que tiene de sí mismo.

Muchas veces, el que siente vergüenza, se auto-engaña, haciéndose creer, que es moral y que si se siente avergonzado es porque respeta al otro. Aunque lo cierto es, que le otorga una importancia exagerada, en detrimento de sí mismo. Convirtiendo así su vergüenza en un arma que le entrega al que le mira.

Los mecanismos que utilizan los avergonzados para adaptarse a su vergüenza, suelen ser estrategias de evitación, retirada u ocultación. Todas ellas, repercuten en la relación. Porque no se permiten tejer un vínculo seguro que les facilite vivir la experiencia. También es cierto, que con la edad, este sentimiento tan venenoso, puede ir apaciguándose, al volverse más fuertes y confiados, ya que al ir creando su personalidad, es más fácil aceptar quiénes son realmente, dándole menos importancia a las miradas ajenas. Sin embargo, cuando la vergüenza, ha dejado su huella en el alma, convirtiéndose en trauma, la edad adulta también puede ser muy dolorosa para los avergonzados.

Existen muchos caminos para adaptarse a la vergüenza. Aunque estas vías de escape, no permiten salir de ella, ya que adaptarse, no es salir o trascenderla, es quedársela, haciendo que duela menos. Someterse a la normalidad del grupo, renunciando a su propia normalidad, es otro recurso que suelen utilizar los avergonzados. La normalidad normativa, provoca que se sientan anormales y luchan y se esfuerzan, por parecerse a lo que ellos entienden como normales. Mientras siguen despreciándose, rechazando así su propia normalidad. Porque no hay Vergüenza sino existe la mirada del otro.

Compartir la emoción, puede ser agradable y angustioso a la vez. Dependiendo cómo sea la forma del vínculo afectivo. Compartirla provoca alivio, aunque también escalda. Porque lo que el avergonzado pretende a toda costa, es conservar esa alianza con el otro, aunque se sienta rebajado ante él. En su representación subjetiva, no se siente digno de ese vínculo afectivo, porque le teme a su mirada.

Y pesar, de que sea costoso librarse de la vergüenza, a través del compartir la propia historia, es la única manera. Ahora hablo desde mi propia experiencia personal, ya que es una de mis heridas más representativas. Solo pude liberarme realmente de ella, cuando comencé a contar mi historia. Cuando se la confié a mi red más próxima, y sentí su apoyo sincero. Mi representación a cerca de la realidad del otro, estaba totalmente distorsionada. Creía que mi angustia, se incrementaría si comenzaba a hablar, sin entender que precisamente, esa angustia, era la causa de mi silencio. 

Cuando hice el esfuerzo de verbalizar mi tragedia y me confesé con personas de confianza, me sentí mucho más cerca del mundo y no tan aislada de él. Encontré mi sosiego en el compartir, creando algo nuevo con mi herida. Y así es como mi herida comenzó a sanar. Así que invito a todo a aquel, que se haya sentido como yo, a compartir su historia. Para que todas esas emociones y expresiones en relación con la vergüenza, también se vayan modificando. No hace falta cambiar el pasado, para transformar el presente. Aunque sólo desde el presente, es desde dónde se puede reescribir la historia. Mi historia, tu historia.

«La magia consiste en transformar el sentimiento doloroso, otorgándole una nobleza desmesurada.» 

(Boris Cyrulnik)

”Nada engrandece tanto, como un gran dolor…los más desesperados son los cantos más hermosos…y los conozco inmortales que se reducen a un gemido.»

(Alfred de Musset)

Comparte tu herida, comparte tu dolor avergonzante. Compártete. Porque como el otro te intimidaba con su mirada, es también desde su mirada, como te puede sostener.

No hay Vergüenza sino existe la mirada del otro. Pero tampoco existe el sostén, sino existiera su mirada.

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