No te daña lo que te pasa, te daña cómo interpretas eso que te pasa. Lo que sucede, en realidad, no tiene el suficiente poder cómo para afectarte ni positiva, ni negativamente. Sin embargo, cuando te afecta, es porque permites que así sea.

Las personas solemos tener la impresión, de que los hechos externos, o lo que es lo mismo, lo que nos pasa, impactan en nuestras vidas, de tal manera, que provocan en nuestro ser, todo tipo de emociones. Emociones como rabia, satisfacción, placer, enfado, tristeza… Es decir, que asociamos directamente lo que pasa fuera y es totalmente ajeno a nosotros, con lo que nos pasa dentro. Dicho de otra forma, vinculamos los sucesos externos con nuestras emociones internas.

Por tanto, si esto fuera así, lo que te pasa, sería la causa de tu malestar; y el cómo te sientes, la consecuencia de lo que se ha acontecido, sin que tú tuvieras nada que ver al respecto. Tú lo sientes, pero no has sido tú, quién lo ha provocado, si no que ha sido el hecho en cuestión, el que te ha provocado a ti. Esto es, tú no eres el responsable de lo que sientes, ni cómo te sientes, si no que le cedes esa responsabilidad a lo que pasó.

¿Es correcto esto?

¿Que una circunstancia concreta pueda cambiar tu estado de ánimo, por si sola, o en realidad sí que tienes algo que ver con el cambio de estado?

Imagina que vas caminando por la calle, sujetando con las dos manos, una docena de huevos, recién adquiridos. De repente, alguien se choca contigo e inmediatamente, la docena de huevos se cae al suelo y se rompen casi todos ellos.

¿Cómo reaccionarias?

¿Por qué crees, que se cayó la docena de huevos al suelo?

¿Porque alguien se chocó contigo?

¿Tal vez, porque no estuviste lo suficientemente atento, como para predecir que alguien se aproximaba?

¿O quizás, porque la gente anda muy despistada?

Y es que la docena de huevos se cayó al suelo, porque sujetabas una docena de huevos. Si hubieses sujetado una coliflor o un pack de leche, se habría precipitado al suelo, la coliflor o el pack de leche. Quizás esta respuesta no te convenza así de primeras, tal vez sea, porque sigues prefiriendo hacer responsable a las circunstancias externas, o a los demás, de cómo te sientes y de cómo te comportas.

Porque no te daña lo que te pasa, lo que te daña, es cómo interpretas eso que te pasa.

¿Sigues pensando que si no te hubieras chocado con el despistado, te podrías haber ahorrado el disgusto?

Si aún sigues pensando así, es porque crees que el suceso, fue el que empeoró, tu estado de ánimo. Ya que aún tienes la percepción de que existe una relación directa entre los hechos externos, con tus emociones internas.

¿No crees que se te olvida algo?

¿Qué crees que puede haber en medio, de esa relación que has establecido, entre los hechos y tu estado?

¿Dónde queda tu interpretación, entonces?

Puesto que tu interpretación, sí que tiene una relación directa con cómo te sientes. Son tus pensamientos los encargados de interpretar el suceso en sí. Así que dependiendo de los pensamientos que elijas en ese momento, te sentirás de una manera o de otra.

Volvamos al ejemplo anterior. El hecho de pensar, que el que se chocó contigo, iba despistado, ya es una interpretación. Probablemente pensaste eso, porque tu diálogo interno tampoco te ayudó mucho. Seguro, que te dijiste algo así como: «¡Vaya!, la gente va como loca por la calle. Y ahora por su culpa, tendré que volver a la tienda, a comprar otra docena. ¡Maldita sea!». O algo similar.
Es decir, que tu interpretación de lo que estabas pensando, te hizo reaccionar de una manera determinada. En cambio, si tu diálogo interno, te hubiese tranquilizado, con algo como: «Tranquilo, que son sólo unos huevos. Y los dos parece que estamos bien, a pesar del susto.» Tú reacción y por supuesto, cómo te sientes después del encontronazo, hubiese sido bien diferente. Por este motivo, no te daña lo que te pasa, si no cómo interpretas eso que te pasa.

Imagina ahora que tú reacción, fue maleducada y nada comprensiva. Lo hiciste sin pensar. Y tras coger aire, te percatas que ese alguien despistado, sujeta un bastón en su mano derecha. Tras fijarte un poquito mejor, te das cuenta, que quien se chocó contigo era una invidente. Entonces,

¿Quién se chocó con quién?

¿Qué harías ahora, para deshacer el desaguisado?

Y es que no hay necesidad de deshacer entuertos, si no los provocamos. Si hubieses pensado «correctamente» antes de actuar, nada de esto te habría pasado. Por eso tus pensamientos, tu diálogo interno y tu interpretación de los hechos, son los únicos responsables de cómo te sientes, pase lo que pase, en el mundo exterior. En tu mundo interno, sólo habitas tú. Y lo exterior, no tiene porqué dañar lo interior, si tú no lo permites. Aunque si andas dañado internamente, es muy probable, que también te afecte lo de fuera. Pero no porque esto pueda hacerte daño, si no porque el daño, ya está hecho, y viene de dentro.

Así que,

¿Qué puedes hacer para que lo de fuera no te afecte tanto?

– Lo primero que tienes que hacer es cuestionar, si eso que piensas, es decir, lo que oyes dentro de tu cabeza y cómo lo interpretas, es verdad de buena, o simplemente es un pensamiento catastrófico y exagerado.

– Lo segundo, deberás plantearte si pensar así, te es útil para algo y si te ayuda a resolver el conflicto.

– Y ya por último, para descartar malos pensamientos, a la vez que los identificas, es tener muy en cuenta, como te hacen sentir, mientras los estás pensando.

¿Eso que piensas y dialogas contigo mismo, te produce bienestar o malestar emocional?

No te daña lo que te pasa, te daña, la interpretación que les das, a eso que te pasa. Los sucesos no son los que te hacen reaccionar, es la manera que tienes de ver esos sucesos, la que provoca tu reacción. Tu estado interno, está totalmente implicado en tu manera de interpretar, pensar y también en tu diálogo interno. Cuida tu estado, cuida de ti y así no tendrás que cuidarte de lo externo.

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