Ser es ser percibido. Cuando te perciben, eres. Existes en la percepción del otro y el otro existe en tu percepción. Eres su percepción incompleta, y el otro es tu media percepción. 


«No puedes ver todo lo que soy, porque no soy todo lo que ves.»

Sin embargo, esta percepción abarca mucho más que lo que captan las limitaciones de los propios sentidos. Va más allá de lo que ven los ojos y escuchan los oídos. Se escapa de lo quiere entender o descifrar la mente. Aunque aguarda pacientemente, en lo que es imposible recoger a simple vista. 


Y es precisamente eso, lo que necesita de una segunda o tercera mirada, para poder ser visto, lo que más habla en silencio de ti. La capacidad para observar lo invisible, no se enseña, tampoco se aprende, tan sólo se siente. Como nadie tuvo que enseñarte a sentir, y porque tú tampoco lo aprendiste de nadie. Es algo inherente a ti, que te acompaña a todos lados. Camina a tu vera junto con tu parte invisible, la no percibida por el otro, y en algunos casos, ni siquiera por ti. Pero aunque se mantenga oculta, no quiere decir que no esté o que no sea, si no que no se ve, o que no te la permites ver. 


Cuando observas a alguien a través de ti, ves lo que es tuyo en él. No lo ves a él. En cambio, si lo observas obviando tu historia, tus sentimientos, e incluso tus ideas adquiridas, te acercas a su Ser. Es entonces, cuando lo invisible se hace visible. Cuando lo imperceptible cobra significado. En ese momento, dejas de Ser, para que el otro también sea. Así es como se crea el nosotros, la realidad del Ser. Aprendes de la existencia del otro, para completar la tuya. Compartiendo así, la experiencia de un mismo Ser. 

Porque Ser es ser percibido. Si no te sientes percibido, o si alguien no repara en ti, es como que dejas de Ser. No sentirse visto o comprendido, te anula, mientras te niega. No puedes Ser frente a la nada. Si no hay nadie o nada, al otro lado, dejas de Ser. Existimos en un nosotros, y es lo que inevitablemente nos hace Ser. Lo mismo sucede, cuando alguien te cataloga o te juzga, que aunque sea también una manera, de negar las demás posibilidades de tu Ser, en realidad, te está dando ya la oportunidad de Ser, sin verte al completo.


«Cada vez que me pones una etiqueta, me derrotas.»

(J. P. Sartre)


Al etiquetar al otro, le restas valor como ser individual. Cuando te etiquetan a ti, te restan también tu individualidad, porque te generalizan. No existimos en lo general, sí en lo particular y en lo único. 


Puede que no siempre puedas ser visto, por quién quieres que te vea. O que quién en realidad te ve, no pensabas que pudiera hacerlo. Esto es algo que se escapa tanto de tu control, como de tu entendimiento. Aunque es bastante tranquilizador que siempre haya alguien que te pueda ver y al que tú puedas ver. 


Incluso puede suceder, que esos que te perciben, ni siquiera pretendieran hacerlo, pero te vieron, o que a los que tú ves, tú tampoco los quisieras ver, pero los viste o los ves. Esta es la paradoja de la percepción, que no siempre lo que percibimos, es lo que queremos percibir, ni lo que perciben de nosotros, es lo que queremos transmitir. Por eso es tan importante, no dar nada por sentado. Lo aparente, es sólo la superficie de algo mucho más profundo. Y lo profundo, o el contenido real, es invisible para la apariencia.


Los reflejos están por todas partes, sin embargo no todos los que hacen de espejo, reflejan lo invisible


¿Y tú, qué reflejas y qué te reflejan?


Porque Ser es ser percibido, con o sin espejo, pero irremediablemente, desde el nosotros. 

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