Y ahí estaba yo, encerrada en ese cuarto, apenas sin luz. Deseaba con todo el alma, escapar hacia otro lugar, pero no podía hacerlo, porque me había comprometido con algo y quería cumplir mi promesa.
El silencio era sepulcral. La temperatura, más fría que de costumbre, y el olor de la habitación, era tremendamente conocido.
Mi incomodidad fomentaba mi rigidez y mi torpeza. Mis nervios, me aportaban debilidad y dispersión , y mi actitud,  prisa y distancia. 
Quería no ver, aunque no podía dejar de mirar. Me apetecía no oír, pero no podía dejar de escuchar. Y por supuesto, deseaba no sentir, aunque lo sintiera todo, como nunca antes.
El pecho me dolía, mi respiración se entrecortaba  y la cabeza andaba agitada. 
No estaba sola en esa habitación. Quizá la compañía jamás la hubiese elegido por mí misma, pero quién me acompañaba, lo decidió por mí. Y yo me comprometí con ellos: con un Miedo, una Herida y una Preocupación.


El miedo a sufrir, se encontraba a mi derecha. Mi herida de la infancia a mi izquierda, y detrás, esperaban mis preocupaciones. 

– ¿Y delante, qué había delante?
– Mucho espacio y un espejo inmenso.


Tuve que acercarme, para reparar en el espejo, y en todos mis reflejos. 
No había apenas luz y ahí estaba yo, mirando hacia el espejo.
Mi primera ocurrencia fue echarme a correr. Quería encontrar una puerta o una ventana que me sacase de ahí. Para mi sorpresa, mientras huía, mi miedo, mi herida y mis preocupaciones, también huían conmigo. También se echaron a correr, sin perder su espacio.
Cuando yo me paré, ellos también se pararon y cuando me atreví a sacarles la lengua, ellos también lo hicieron conmigo. 


– ¿Pero qué pasa aquí? – me dije, ¿Por qué me imitan?


Y una voz surgió de la nada:

Aunque tú nos llames, un miedo, una herida o una preocupación, somos partes de ti, somos tus reflejos. Y los reflejos, reflejan, no imitan. Solo muestran algo, que tú no puedes ver, por ti misma y para eso estamos aquí, para que nos veas y así te veas.


No me esperaba esa respuesta. Y un sinfín de sensaciones comenzaron a emerger. 
Primero lloré, mientras observaba como las lágrimas de mi herida, hacían un charco en el suelo. Me acerqué al espejo, para secar sus lágrimas y ella hizo lo mismo conmigo. Mi herida sonrió, yo le devolví la sonrisa, y una ventana se abrió.


Más tarde sentí la necesidad de escapar nuevamente, pero en vez de abandonar, decidí acompañar a mi miedo y tocar su hombro. Este también se precipitó a tocar mi hombro y pude sentir, de manera automática, como volvía a respirar con normalidad. En ese preciso momento, fue como si alguien, encendiera la luz de aquella lúgubre habitación.


Y ya por último, miré hacia atrás, donde antes esperaban ansiosas, mis preocupaciones, para percatarme que allí, ya no había nadie. Tan solo yo, buscando algo, o a alguien, que no existía.

 
En mi pecho seguía la cicatriz de mi infancia, y mi corazón se aceleraba, cuando pensaba en ello. Pero ya no me preocupaba. Porque las cicatrices no duelen, lo que duele, es la lucha por eliminarlas, sin entender, que si ellas desaparecen, yo también con ellas.

Yo soy yo, y mis cicatrices. Ellas me señalan lo que una vez fue herida. Mientras que la herida me recuerda que a pesar del dolor, todo ya pasó.

La señal habla de mi poder de regeneración, porque pude sanar lo que estaba abierto y supurando.

La cicatriz emerge siempre, pasada la infección.

Aceptada y arropada la herida, desapareció mi miedo, y con mi miedo huyeron mis preocupaciones.

Se escaparon ellas, pero no yo. 

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